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El afán, la ansiedad o las preocupaciones


Phil Marquart solía decir: Dichoso es el hombre que está muy ocupado como para preocuparse en el día y muy soñoliento como para preocuparse en la noche.

George Muller también decía: El comienzo de la ansiedad es el final de la fe. El comienzo de la fe verdadera es el final de la ansiedad.

Interesante. Todo tiene que ver con la preocupación, o la ansiedad, o el afán.

Términos sinónimos para indicar ese estado de agitación, inquietud o zozobra de ánimo que se produce por el mal presagio en algún asunto.

La ansiedad entonces tiene que ver con asuntos o cosas que todavía no han pasado, pero pensamos que pueden pasar.

Como bien ha dicho Vance Havner: La preocupación es el interés que pagamos por adelantado por problemas que nunca llegan.

¿Se ha puesto alguna vez inquieta o inquieto por algo que todavía no ha pasado, pero tiene temor de que pueda pasar? Entonces Usted ha estado preocupado o en ansiedad. Es muy fácil dejarse aplastar por este gigante llamado ansiedad.

Pero la vida auténticamente cristiana se caracteriza por vivir libres de la ansiedad. Si nuestras vidas están entregadas a la ansiedad, corremos ciertos riesgos.

Primero, la pérdida del gozo en la vida cristiana. La Biblia dice que Jesús vino a darnos una vida abundante. En Juan 10:10 leemos: “El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.”

Así es amable oyente. Jesús vino a su vida para darle una vida abundante. Las preocupaciones echan a perder este estilo de vida que Jesús vino a darnos. Si Usted es una persona propensa a preocuparse, no será extraño que no esté disfrutando de la vida que Jesús vino a darle.

Segundo, las preocupaciones nos hacen perder la perspectiva de la vida. En cierta ocasión, siendo muy de noche, Jesús se acercó a sus discípulos caminando sobre el mar, mientras ellos estaban en una barca sacudida por el fuerte oleaje. Cuando los discípulos le vieron, dice el texto bíblico que se turbaron.

Otra manera de decir que se dejaron dominar por la preocupación. En este estado de nervios, perdieron la noción de la realidad y todos arribaron a una conclusión absurda. Dando voces de miedo gritaron: Es un fantasma. Habían perdido la perspectiva de la vida. Estaban viendo las cosas distorsionadamente. Cuando estamos preocupados vemos las cosas distorsionadamente. Es uno de los peligros de vivir en ansiedad.


Tercero, las preocupaciones nos pueden echar a perder la salud. En un examen realizado a 500 pacientes en una clínica oftálmica Británica, se confirmó que más de un tercio de los problemas con la vista fueron el resultado de tensión emocional.

El Dr. Leonard S. Fosdick de la Universidad North-western ha comprobado de una manera concluyente que la preocupación restringe el flujo de la saliva, lo cual, disminuye el efecto de neutralización de los ácidos naturales de la boca, con los consiguientes problemas dentales. Las preocupaciones están íntimamente ligadas a problemas digestivos, problemas cardíacos e inclusive contribuye a la pérdida del cabello y las manchas en la piel. ¿Quién puede entonces decir que las preocupaciones no afectan la salud?

Es riesgoso abandonarse a las preocupaciones. Produce pérdida del gozo en la vida cristiana, pérdida de la perspectiva de la vida y pérdida de la salud. Al ver a las preocupaciones de esta manera, estoy seguro que todos estaremos de acuerdo en que es necesario librarnos de las preocupaciones lo antes posible.

Para ello, lo primero que necesitamos hacer es reconocer que la ansiedad es pecado. En esencia el pecado es todo aquello que niega algo que Dios es o ha dicho. La ansiedad niega las promesas de Dios.

Por ejemplo, en Salmo 55:22 leemos: “Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará; no dejará para siempre caído al justo.”

La promesa de Dios es que él nos va sustentar y que no nos va a dejar caídos para siempre, siempre y cuando echemos sobre él nuestras preocupaciones. Pero cuando nos dejamos controlar por la ansiedad estamos en un sentido negando esta palabra de Dios, diciendo: Dios no tiene poder para sustentarme cuando me venga una adversidad. Esto es pecado.

La ansiedad también niega la sabiduría de Dios. Mateo 6:7-8 dice: “Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos. No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis.”

El Padre sabe de qué cosas tenemos necesidad, aun antes de que pensemos en pedir o hagamos el pedido con nuestros labios. Pero cuando nos dejamos controlar por la ansiedad, estamos en un sentido diciendo: Dios no sabe lo que me va a pasar mañana, o la próxima semana, o el próximo año. Por eso yo tengo el derecho de preocuparme hoy.

Ignoramos que para Dios no hay accidentes. Para Dios no hay sorpresas. Albert Eisten solía decir: Dios no juega a los dados. Para Dios no existe la suerte. Dios no sólo sabe lo que va a pasar en el futuro, sino que él mismo diseña lo que va a pasar en el futuro, de modo que no hay motivo alguno para vivir preocupados pensando qué será de nosotros en el futuro.

La ansiedad también niega el poder de Dios. Lucas 1:37 dice: “porque nada hay imposible para Dios”

Estas palabras fueron dichas por el ángel Gabriel a María la virgen, con ocasión del anuncio del nacimiento de Jesús. El poder de Dios no tiene límite. Pero cuando nos dejamos embargar de las preocupaciones, estamos negando el poder de Dios, pensando que si nos pasa algo, Dios no podrá hacer nada para salvarnos.

La ansiedad es pecado porque niega las promesas de Dios, niega la sabiduría de Dios y niega el poder de Dios.

Si queremos librarnos de la ansiedad, además de reconocerla como pecado, debemos, en segundo lugar, confesar ese pecado y apartarnos de él. Proverbios 28:13 dice: “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia”

No justifique su ansiedad. Confíesela a Dios como pecado. Diga a Dios que Usted ha atentado contra Dios al negar sus promesas, su sabiduría y su poder. Póngase de acuerdo con Dios en cuanto a que la ansiedad es pecado. Luego decida apartarse de la ansiedad.

En tercer lugar, dependa del poder de Dios para vencer la ansiedad. Filipenses 4:6 dice: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.”

No es sencillo librarse de la ansiedad. Se necesita ayuda sobrenatural. La ayuda sobrenatural viene de Dios. En lugar de abandonarse a la ansiedad, ore a Dios por las cosas que le producen ansiedad. Ponga su ansiedad sobre Dios. Como resultado, Dios mismo le dará el poder para librarse de la ansiedad. La ansiedad y la oración no van nunca de la mano. Por eso alguien lo ha dicho muy bien: Si vas a orar, para qué preocuparte. Pero si vas a preocuparte, para qué orar.

En cuarto lugar, es necesario controlar los pensamientos. Isaías 26:3 dice: “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado”

Ocupe la mente en las cosas de Dios. Piense en las cosas que Dios dice en su palabra. Dígale a Dios que confía plenamente en él, no solo para los asuntos grandes de su vida sino también para los asuntos pequeños. Como resultado, Dios mismo guardará su vida en completa paz. Será una vida libre de ansiedad.

En quinto lugar, ponga en orden sus prioridades. Mateo 6:33 dice: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.”

Lo más importante en la vida de un hijo de Dios debe ser la relación personal con Dios. Cuando Dios ocupa el primer lugar en la vida de una persona, Dios mismo se encarga de que todo lo demás esté en orden. Esto no significa que nunca habrá pruebas o problemas. Las pruebas son parte de la experiencia cristiana.




Pero esto no debe ser motivo de ansiedad porque Dios diseña la prueba y Dios da el poder para soportar la prueba. La persona que vive en ansiedad, normalmente es aquella cuya felicidad depende de alguna circunstancia o de alguna situación determinada. Pero si hacemos que la felicidad no dependa de las cosas o las circunstancias, sino de la relación personal con Dios, entonces desaparece la causa para la ansiedad, porque pase lo que pase no afectará nuestra felicidad con Cristo.

En esencia, dependa del poder de Dios para mantenerse fuerte ante la tentación de vivir en ansiedad. Isaías 40:29 dice: “Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas.”

Somos tan propensos a vivir en ansiedad. La mínima cosa desencadena un torrente de preocupación y ansiedad. A veces hemos pensado que no hay solución a este grave mal. Pero la hay. Para eso debemos echar mano del poder de Dios.

En nuestra propia fuerza jamás lograremos librarnos de la ansiedad. Cada vez que comience a preocuparse por algo, recuerde que puede echar esa preocupación sobre el Señor. Él es experto en sobrellevar nuestras preocupaciones. Una vez que ha entregado una preocupación al Señor, no piense más en eso. Si viene un pensamiento sobre eso a su mente, hable con el Señor: Dígale: Señor este pensamiento que me causa ansiedad no viene de ti, por tanto lo rechazo y lo saco de mi mente.

Si lo hace con sinceridad, muy pronto estará disfrutando de una vida libre de ansiedad. No olvide, otra de las características de la vida auténticamente cristiana es vivir sin ansiedad.


Fuente: Tiempos Proféticos
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